En el mundo actual, la identidad es un tema central en nuestras conversaciones cotidianas. Las personas a menudo se preguntan: «¿Con qué te identificas?» o «¿Dónde encuentras tu identidad?» Este concepto influye profundamente en cómo nos percibimos y cómo interactuamos con nuestro entorno.
¿Qué es la Identidad?
El diccionario define la identidad como «el carácter distintivo o la personalidad de un individuo». No obstante, para los cristianos, nuestra identidad no depende de definiciones terrenales, sino que está firmemente arraigada en Cristo. Constantemente somos transformados para reflejar Su imagen y semejanza (2 Corintios 3:18).
¿Dónde Encontramos Nuestro Valor?
Es natural buscar comodidad y seguridad en los roles que desempeñamos. Personalmente, he encontrado gran alegría y propósito siendo madre y abuela. Mi familia—mis padres, hermanos, hijos y nietos—ha sido una fuente importante de estabilidad y fortaleza en mi vida.
Sin embargo, Jesús nos da una advertencia clara en Mateo 10:37:
«El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí.»
Esto no significa que debamos amar menos a nuestras familias, sino que nuestro valor, seguridad y confianza definitivos deben provenir únicamente de Cristo.
Identidad Basada en el Fruto del Espíritu
Nuestro carácter e identidad como creyentes deben reflejar el fruto del Espíritu:
«Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, dominio propio; contra tales cosas no hay ley.» (Gálatas 5:22-23)
Muchas personas buscan su identidad en la riqueza, el éxito o el reconocimiento. Otros basan su valor en títulos y posiciones—ya sea en el ministerio o en el ámbito corporativo. Pero ser pastor, evangelista, maestro, profeta o apóstol no constituye nuestra identidad; es un llamado. Estas son responsabilidades otorgadas por Dios para perfeccionar y equipar a los creyentes para la obra del ministerio (Efesios 4:11-12).
De la misma manera, cargos como director ejecutivo, gerente, supervisor o líder pueden ser bendiciones. No obstante, si colocamos nuestra seguridad en ascensos, éxito financiero o reconocimiento público, siempre estaremos insatisfechos. En cambio, somos llamados a realizar cada tarea con dedicación al Señor:
«Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres.» (Colosenses 3:23)
Un Testimonio de Identidad Verdadera
Mi padre, el Obispo Bill Hamon, entregó su vida a Jesús en una humilde reunión bajo una enramada, junto a unos pocos adolescentes, en un campo abierto en Oklahoma. Probablemente, la mujer que ministró aquella noche nunca supo el impacto que tuvo su obediencia. Si su identidad hubiera dependido del tamaño de la audiencia, el apoyo financiero o el reconocimiento público, podría haberse sentido fracasada.
Sin embargo, como su identidad estaba en Cristo, su valor provenía de Su gracia y misericordia. Al final, su recompensa celestial será tan grande como la de mi padre, porque ella fue fiel a su llamado. Esta es la esencia de encontrar nuestra realización en Dios y no en los logros terrenales.
Nunca sabes si esa única persona a la que hablas y ayudas cambiará miles de vidas. Dios nos llama a la obediencia tanto en lo pequeño como en lo grande. Esa obediencia moldea nuestro carácter e identidad.
El Peligro de una Identidad Equivocada
Cuando colocamos nuestra identidad en personas, fama, fortuna o posesiones materiales—incluso en nuestra familia o mentores—inevitablemente enfrentaremos decepciones. Estas cosas son temporales, pero nuestra identidad en Cristo es eterna.
Mi Verdadera Identidad
Al final del día, me identifico como cristiana: una persona en proceso de transformación a la imagen y semejanza de Cristo. De gloria en gloria, deseo reflejar Su carácter mediante el fruto del Espíritu en mi vida.
Que todos encontremos nuestra verdadera identidad, valor, seguridad y propósito únicamente en Él.